Un mundo diferente: Donald Trump

Un mundo muy diferente: Donald Trump
Foto: CNN

Por Eduardo Velázquez

Desperté en un mundo muy diferente al que conocía… no es la primera vez que me ocurre, seguramente tampoco sea la última. Muchos mundos son necesarios, dudo que alguna vez sean suficientes.

Viene a mi memoria aquella mañana del 11 de setiembre de 2001. Yo era un joven de 20 y pocos años, preparándome para ir a clases.

Recuerdo la angustia y el dolor por aquellas vidas que se extinguieron en un flash, pero más vivo aún tengo el sentimiento de abrir los ojos y contemplar un mundo más hostil, más violento, más oscuro. Por supuesto, como muchos otros tantos, yo era un joven poco informado, solo veía retazos del mundo, realidades parciales que duelen cuando uno se hace consciente de ellas.

Ese 11 de septiembre fue un duro golpe. Mucho más aún fueron los años que lo sucedieron.

Recuerdo, por ejemplo, cuando la izquierda llegó al poder en nuestro país, así como en otros rincones de América Latina. El crepúsculo de esa jornada descascaraba lo establecido, y dejaba entrever políticas sociales, comunitarias, de salud, algunas prometidas, otras bien recibidas y otras tantas aún esperadas, que daban un aire fresco a la realidad que nos contenía.

Recuerdo también mirarlas con un poco de desconfianza, de descreimiento. Me gusta detenerme hoy a pensar lo equivocado que estaba, y cuánto camino aún falta.

Hoy mi mundo tuvo otra vuelta de página, y bajo una victoria arrolladora, el Republicano Donald J. Trump es el 45º Presidente electo de los EE.UU, venciendo -contra todo pronóstico – a la Senadora Demócrata Hillary Clinton.

El mundo entero estuvo pendiente de este reallity show; nunca fue tan clara nuestra pertenencia a esta “aldea global” que nombraba McLuhan. Me atrevo a decir que ni siquiera en nuestro propio proceso democrático estuvimos tan atentos a los debates, las entrevistas, las noticias, y hasta los tweets que los candidatos vomitaban al mundo en todos los colores e idiomas.

Es justo decir que no voy a detenerme en posturas sociales, históricas o políticas de ninguno de los candidatos, no me siento ni siquiera capaz de fundamentar frases estereotipadas como “vayamos por el mal menor” ya que carezco de los conocimientos para hacer una justa reflexión sobre ello. No puedo ubicar en la balanza las actitudes políticas de Clinton durante sus 30 años de servicio en el gobierno, o en el período como primera dama; no puedo hablar de guerras, Irak, ISIS ni petróleo; sin embargo, me voy a tomar la libertad de opinar de otras…

Lo malo no es que haya ganado Donald Trump, lo malo es lo que él representa.

Trump promovió desde el primer día, una candidatura cargada de odio y violencia en toda expresión, que lejos de ser contenida, cobró más fuerza con el paso del tiempo. Los portales de noticias del mundo hicieron eco de propuestas disparatadas acerca de construir muros, deportar indocumentados, evitar el ingreso a inmigrantes, y otras que dieron claras señales de estar frente a un candidato inestable y agresivo.

Dejamos “engañarnos” por un discurso abiertamente racista, xenófobo, intolerante, misógino, irrespetuoso, sexista, burlón; uno que discrimina brutalmente a las minorías y a las poblaciones vulneradas. El miedo, la ignorancia y la mentira lucieron sus mejores galas, logrando lo impensable escalón por escalón.

Eventualmente… Trump dejó de hacer gracia.

Un 8 de noviembre de 2016 Donald Trump fue electo democráticamente para ocupar la Casa Blanca, se expresó la “voz del pueblo, voz de dios” según palabras de Tabaré Vázquez [1] en una reciente entrevista acerca del resultado de los comicios.

¿Qué simboliza el triunfo de Trump?

 

 

Donald Trump no es otra cosa que la imagen especular del momento histórico-cultural que estamos atravesando, uno marcado por la fuerte competencia, el individualismo, el desinterés, la caída de las ideologías, de los principios y de las autoridades.

Las distancias que nos separan, física y culturalmente, pueden funcionar de trinchera para lanzar nuestras más duras críticas hacia el candidato y la sociedad en su conjunto, pero ¿qué tan lejos estamos de ellos?

¿Que nos separa cuando hablamos de inseguridad y dónde nuestras primeras – y muchas veces únicas – alternativas son las de construir más cárceles, aumentar las penas o fomentar los guetos?.

¿Cuán diferentes somos cuando tememos al otro y el camino a seguir es el de construir muros, encerrarnos y despojar al “diferente” de sus derechos? Condenamos los duros cuestionamientos hacia mexicanos o musulmanes, pero apoyamos medidas represivas en sectores más vulnerables de nuestra sociedad.

¿Dónde quedan nuestros juicios éticos y morales al plantear soluciones como tomar la justicia por mano propia, quitar obligaciones y restricciones a quienes deben hacer cumplir la ley, así como justificar la violencia cuando es dirigida hacia los llamados “irrecuperables”?.

Creamos estereotipos para encasillar aquello que “no somos”. Etiquetas como los “ni-ni”, los infractores, las vinculadas a la vestimenta, al barrio, al origen, al sector socio-económico son las que guían nuestras acciones, aplican las penas, y juzgan en pro de los derechos que parecen merecer solo algunos pocos.

Hemos sabido mirar por televisión y horrorizarnos con las balaceras de y hacia jóvenes en centros educativos, pero apoyamos medidas represivas fuertes contra esos mismos adolescentes. Algunos podrán decir que no es lo mismo, que el público es diferente; ¿quién marca la línea? ¿dónde radica la diferencia?

Supimos solidarizarnos con Orlando cuando fueron asesinados 50 personas en una discoteca[2]; expresamos a gritos que la sociedad norteamericana es intolerante y poco diversa; posteriormente también aclaramos que fue en un “boliche gay”, como si eso fuera importante.

Desperté en un mundo muy diferente al que conocía… no porque los EE.UU tengan a un impensable candidato como presidente, sino por lo que eso verdaderamente representa. Porque vivimos en una sociedad con un doble discurso, uno tolerante, diverso y moral, pero otro marcado por el machismo, la xenofobia, la violencia y el clasismo, discurso que estuvo siempre ahí, oculto a plena vista.

Desperté en un mundo muy diferente al que conocía… no es la primera vez que me ocurre, espero que no sea la última. Quiero creer que es posible construir nuevos discursos, forjar nuevos caminos, alcanzar nuevas realidades.

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