Tantos años estudiando y no consigo trabajo

Tantos años estudiando y no consigo trabajo
Foto: Pixabay

Por Karina Leites

“Se solicita joven con título universitario y con más de 3 años de experiencia en el rubro”

El anuncio que inicia este artículo podría ser publicado por cualquier empresa conocida.

Hace más de cinco años que trabajo en gestión humana y participo en procesos de selección de personal. He escuchado hasta el cansancio que para determinados puestos se necesita experiencia, o que fulano es un perfil muy capacitado pero difícil de contratar, porque tiene 23 años y nunca trabajó de lo que estudia. Realmente no culpo a nadie por decir estas cosas, de hecho yo a veces lo pienso. Pero cuando reflexiono un momento me pregunto: ¿Por qué? ¿Cuál es la razón por la que desconfiamos tanto de la formación académica y empezamos a exigir experiencia? Cabe aclarar que este es un fenómeno relativamente nuevo, y que más allá de que valoremos el conocimiento adquirido por experiencia, el “cartoncito” del título aún tiene mucho valor, pero este es tema para otro artículo.

Lo que me interesa analizar en esta oportunidad es la pérdida de confianza en la academia. La percepción (o realidad) de que lo que se aprende en el centro de estudios está lejos de lo que después se encuentra en “la vida real”. ¿Cómo hemos llegado a esta conclusión? ¿No se supone que cuando nos capacitamos nos estamos preparando para el mundo del trabajo? ¿Cómo puede ser que la capacitación esté tan alejada de las situaciones que me voy a encontrar en esa “vida real”?

Recientemente escuché a Melina Furman (2015), bióloga e investigadora de la relación entre ciencia, educación y aprendizaje, hablar de la necesidad (en ocasión de una TED Talk llamada “Preguntas para pensar”) de enseñar a pensar en las escuelas, de proponer trabajos y preguntas que generen curiosidad y ganas de buscar respuestas en los niños. Preguntas que estén conectadas con su vida real y que incluso las puedan aplicar en la práctica.

 

 

Me quedé pensando: esto puede estar pasando en la formación de jóvenes y adultos. Mantenemos un modelo educativo de transmisión de conocimiento y no de resolución de problemas. Seguimos enseñando a memorizar en lugar de a razonar. Lo peor es que estamos tan inmersos en este sistema que cuando nos encontramos con una forma de enseñanza distinta la rechazamos o incluso la etiquetamos de “superflua” o “de poca calidad”. Llegamos a considerar que no aprendimos nada simplemente por el hecho de que el docente no nos dio un cuadernillo lleno de material o no llenó el pizarrón de palabras raras.

Pero cuando perdemos un trabajo por falta de experiencia enseguida nos quejamos de haber estudiado tantos años para “nada”.

No cabe duda que la experiencia siempre enriquece y profundiza lo aprendido, pero creo que tampoco se puede negar la necesidad de acercar la formación académica a la “vida real”. Tanto alumnos como profesores estamos llamados a innovar en este aspecto y animarnos a aprender de otra manera. Aprender resolviendo problemas y llevando adelante proyectos que sí nos preparen para el mundo del trabajo y no aprender libros para repetir como un loro y después olvidarlo hasta que algún día lo necesite en mi trabajo.

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Referencias:

Karina Leites

Karina Leites

Licenciada en Recursos Humanos y Relaciones Laborales.
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