Sobre el prejuicio: los Sopranos

Sobre el prejuicio: los Sopranos
“The Sopranos” (1999)

Por Jorge Bafico

Del lado del psicoanalista

En el psicoanálisis se trata siempre de una relación de dos, pero nunca de una situación dual; no se desarrolla en el campo de la reciprocidad, fundamentalmente porque la subjetividad tratada es la del analizante.

La idea según la cual el analista no debe desear nada para su paciente es una utopía. Es imposible no desear, el problema es lo que se desea: ¿la curación del paciente?, ¿su bien?, ¿su verdad?

La bibliografía psicoanalítica ofrece información profusa sobre la influencia favorable del analista en la dirección de la cura, sin embargo, pocos son los trabajos que hablan del obstáculo que representa el analista en el progreso del tratamiento.

Los analistas cuando escriben o presentan casos clínicos, por lo general desarrollan cuestiones que tienen que ver con el paciente, pero cuidando al relatar sus propias intervenciones, salvo las que merecen ser contadas.

Freud en “Análisis terminable e interminable”[1] afirma que el analista corre un gran peligro al contacto de su paciente. El analista debe reprimir sus pulsiones y tratar de no identificarse con la problemática del analizante. Sin embargo, muchas veces, esto no ocurre así y en el analista la identificación puede reflejarse por el lado de la angustia.

Freud en “Las perspectivas futuras de la terapia analítica” [2] señala que hay que prestar mucha atención a la contratransferencia con relación al paciente y agrega que es necesario reconocerla y vencerla. La contratransferencia en este plano tiene valor de resistencia.

Lacan define a la contratransferencia como la suma de los prejuicios, de las pasiones, de las perplejidades e incluso de la insuficiente formación teórica del analista.

La situación transferencial, siempre cargada de pasiones de amor y odio, mueve en el analista también sentimientos que deberá manejar para continuar con el tratamiento.

Tanto Lacan como Freud concluyeron que la contratransferencia no deja de ser un problema, un tema de cuidado.

El psicoanalista sabe que si tiene algún poder sobre el paciente lo debe usar para favorecer el desciframiento de lo inconsciente, para permitir que una cura posible advenga, pero nunca para imponerla desde el modelo del ideal.

Esta cuestión que parece insignificante, en realidad no lo es, porque lo que se comprueba una y otra vez en los testimonios de la práctica es lo difícil que es de sostener.

El analista debe abstenerse de toda comprensión emocional y centrarse en el proceso analítico aplicado al inconsciente del analizante. Haciendo a un lado las opiniones y sentimientos personales no se entorpece la libre asociación ni la atención flotante. Un psicoanálisis, por tanto, tendría que ser una experiencia del lenguaje y no una experiencia entre dos regulada por lo emocional y confinada a los problemas del registro imaginario.

Ahora, ¿esto siempre es posible?

El psicoanálisis tiene en común con cualquier psicoterapia el uso de la palabra como instrumento para la cura; la diferencia no reside en el encuadre, el uso del diván o la asociación libre; la diferencia con otras prácticas terapéuticas es la dirección de la cura, la manera como el analista dirige, no al paciente, sino al tratamiento, especialmente en relación a la transferencia y a la interpretación.

El trabajo analítico conlleva una puesta en juego de una trama donde intervienen los significantes del analizante. Este despliegue se produce en el marco de una transferencia donde el analista queda fundamentalmente tomado como objeto de la transferencia en una dimensión fantasmática y no como sujeto de una relación intersubjetiva.

Del lado del analizante

La persona que consulta lo hace generalmente con una queja resguardada en un sufrimiento calificable de sintomático. Aparece en el paciente, un yo que se queja por la irrupción de un sufrimiento que afectó su coherencia. Ha tambaleado su identificación a un significante amo y pide restituir esa identificación.

Resulta imprescindible para que alguien pueda analizarse que el síntoma se instale en un espacio que vaya más allá de un pedido de ayuda.

Muchas veces quien pide ayuda, pero no se plantea una verdadera interrogación sobre que le pasa.

Sin saberlo conscientemente sólo quiere restaurar su economía de funcionamiento, y ser ayudado para volver a un estado anterior.

Solicitar alivio de lo insoportable es vital, pero no asegura que el sujeto quiera renunciar a lo que allí se juega.

La lógica de la demanda inicial (pedido de ayuda) es muchas veces seguir estando ciego. La verdadera demanda implica otra cosa, requiere que los malestares que se confunden con la realidad cotidiana cobren forma de síntoma y tengan el estatuto de un mensaje dirigido al Otro. A esto último Lacan lo denominó la instalación del Sujeto supuesto Saber.

¿Es posible la neutralidad del analista?

Son pocos los textos en que Freud se refiere a la neutralidad del analista. Sus planteamientos giran en torno a una búsqueda por situar aquello que orienta la acción y la interpretación del analista, oponiendo la neutralidad a los juicios de valor, a los prejuicios y a la comprensión propia del yo del analista que actúan como obstáculos.

Se trata de hacer lugar al inconsciente evitando que el analista interprete desde sus propios juicios siempre sesgados por sus deseos, por sus fantasías o por su yo.

Desde Freud en adelante se ha planteado que el analista debería sostener en el dispositivo una posición neutral. Sin embargo el concepto de neutralidad generó malos entendidos, dando lugar a pensar al analista como pura pantalla, más allá del bien y del mal, sin deseo.

El concepto de “deseo del analista”, introducido por Lacan, es un intento por salir de este atolladero. Ya no se trata del deseo de la persona del analista sino la manera que orienta la cura.

Los Sopranos[3], la voz superyoica

Los Soprano fue una serie de televisión norteamericana que se emitió durante seis temporadas con gran éxito. La historia, bastante conocida, tiene como protagonistas al mafioso Tony Soprano, su familia y la organización criminal que dirige.

Tony está hace varios años en tratamiento psicoterapéutico con la Dra. Jennifer Melfi. En algunas de las sesiones concurre junto a su esposa, Carmela, una mujer dedicada a sus hijos pero sobre todo indiferente con las actividades clandestinas de su marido. La serie a medida que avanza en el tiempo muestra a una mujer derrumbándose por su realidad cotidiana: sus hijos crecen, su matrimonio es una farsa y ella, finalmente, no sabe cuál es el lugar que ocupa en el mundo.

En una de las entrevistas que la pareja Soprano tiene con la Dra. Melfi, Tony decide no ir. Carmela, igualmente va.

Dra.: Parecías tensa por teléfono.

Carmela: Quería preguntarle si estaba bien que viniera sola.

(Luego de algunos minutos)

¡Vamos! No es así cuando Tony está aquí.

Nunca le da el tratamiento del silencio.

Dra.: ¿Eso es lo que cree, Carmela? ¿Qué le estoy dando el tratamiento del silencio?

Tal vez pueda decirme por qué vino hoy.

Carmela: Estoy preocupada por mi marido, sus cambios de humor… la mitad del tiempo no habla conmigo.

Usted le ha visto así, ese día que se sentó aquí como una pared.

Sé que él es su paciente y yo soy la esposa de un paciente… pero intente vivir con eso las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana y veremos cómo se siente.

Dra.: Entiendo.

Carmela: ¿En serio? Tony no estaba de humor, simplemente no quiso venir. “Al diablo con eso”, sí, creo que fue eso lo que dijo.

Dra.: Eso pasa habitualmente cuando tocamos un conflicto.

Carmela: Usted sabe a qué se dedica. Va a un club de striptease. Quién sabe cómo pasa el tiempo…

(Llora)… Lo siento. Me siento frustrada. Tony lleva tanto tiempo haciendo eso y no hay nada que pueda hacer para ayudarlo.

Dra.: Creo que el venir a terapia con él ha movido muchos sentimientos en su interior… que le gustaría dirigir a alguna persona.

Carmela: Por favor, sólo estoy emocional hoy.

Dra.: Me gustaría ayudarla, pero como usted dijo, su marido es mi paciente.

Carmela: No soy quien necesita ayuda mental. Sólo me quería desahogar.

Dra.: En caso que cambie de opinión… aquí tiene el número de teléfono de un colega de Livingstone, el Dr. Krakower. Él fue mi profesor.

Carmela: No será necesario, pero gracias igualmente. Gracias por su tiempo. [4]

Discurso angustioso el de Carmela en la entrevista con Dra. Melfi, confesión que va perfilando su conflicto: su problema de pareja.

Queja que la aleja del papel que representaba en la sesión junto a su esposo.

Algo de su subjetividad comienza a delinearse en torno a una demanda de tratamiento. Algo, por supuesto, imposible de canalizar por parte de la psicoterapeuta del marido.

Carmela da un primer paso en la posibilidad de transformar esa queja que pide alivio en una demanda de análisis.

 

 

¿Una demanda escuchada?

(Primera entrevista de Carmela en el consultorio del Dr. Krakower)

Carmela: Todos los matrimonios tienen problemas.

Dr. Krakower: ¿Sale con otra mujer?

Carmela: Sí, puede decirlo en plural, sale con otras mujeres. Quisiera verlo de otra manera, quisiera ayudarlo.

Dr. Krakower: ¿Quiere? Hace un momento usted usó la palabra “divorcio”

Carmela: Dije que estaba considerando divorciarme.

Tal vez me pase de la raya, pero… usted es judío Dr. Krakower ¿verdad?

Dr. Krakower: ¿Eso es relevante?

Carmela: Bueno, cómo católicos, damos mucha importancia a los valores de santidad de la familia, y no estoy segura que ustedes…

Dr. Krakower: Estuve casado 31 años.

Carmela: Bueno, entonces usted sabe lo difícil que puede llegar a ser.

Es un buen hombre, es un buen padre.

Dr. Krakower: Usted me dijo que es un criminal deprimido proclive a la ira, altamente infiel. ¿Esa es su definición de un “buen hombre”?

Carmela: Pensaba que los psiquiatras no eran prejuiciosos. Lo que diga no saldrá de aquí, ¿verdad?

Dr. Krakower: Por código ético y por ley.

Carmela: Sus crímenes, son… crimen organizado.

Dr. Krakower: ¿La Mafia?

Carmela: Cielos… (Llora) ¿Y qué? ¿Y qué?

Me traiciona cada semana con esas mujeres.

Dr. Krakower: Probablemente el menor de sus delitos. (Carmela amaga con irse)

Puede irse ahora o puede quedarse y escuchar lo que tengo para decirle…[5]

El encuentro a solas con la Dra. Melfi pone en juego a Carmela en relación a la pregunta por su pareja. ¿Podrá el Dr. Krakower escucharla?

Carmela puede comenzar a hablar de su sufrimiento en su primera entrevista, sin necesidad de poner por delante la sintomatología de su esposo como causa de su decir. Sin embargo, ello no significa que esté dispuesta a renunciar a su marido para explicar su malestar.

Sin lugar a dudas este malestar tiene que ver con él, al menos con sus infidelidades y  no necesariamente con un problema moral.

Krakower parece escuchar solamente el problema moral. “El menor de sus delitos” parece dar la pauta.

Cualquier psicoterapia funda su práctica en la incidencia de la palabra del Otro. Es decir, necesariamente debe haber alguien que diga lo que hay que hacer; esperando su aprobación. En un psicoanálisis es diferente.

La función del analista es poner a trabajar la demanda dando lugar al despliegue significante. ¿Cómo? Ofertando al sujeto la escucha de la demanda, escucha que en la relación entre semejantes se pierde. Es en el despliegue de la asociación libre del paciente donde se puede traducir el pedido en demanda.

El saber adjudicado al analista no le pertenece. El analista sabe pero ignora su saber para dar lugar a lo nuevo que pueda ocurrir, esto recibe el nombre de “docta ignorancia”.

La queja de Carmela convoca a un saber que la estabilice, que la complete. Krakower –desde el prejuicio – no puede escuchar. Se sitúa como un gran amo.

Carmela: Bueno, me cobrará lo mismo igualmente.

Dr. Krakower: No aceptaré su dinero.

Carmela: Me sorprende…

Dr. Krakower: Debe confiar en su impulso inicial y considerar dejarlo. Si no nunca será capaz de sentirse bien consigo misma. Ni será capaz de reprimir los sentimientos de culpabilidad y vergüenza mientras siga siendo su cómplice.

Carmela: Se equivoca si piensa que soy su cómplice.

Dr. Krakower: ¿Está segura?

Carmela: Yo sólo me aseguro que tenga la ropa limpia en el armario y comida en la mesa.

Dr. Krakower: Entonces permisiva sería una palabra que la describiría mejor.

Carmela: Usted cree que necesito definir mis límites más claramente, mantener cierta distancia, no interiorizar…

Dr. Krakower: ¿Qué acabo de decirle?

Déjelo. Tome sus hijos y váyase.

Carmela: Mi sacerdote me dijo que debería intentar ayudarle a ser un hombre mejor.

Dr. Krakower: ¿Y cómo le ha ido?

¿Ha leído “Crimen y castigo” de Dostoievski?

No es fácil de leer, trata sobre culpa y redención.

Y creo que quizás si su marido lo leyera y reflexionara sobre sus crímenes en su celda todos los días durante siete años podría ser redimido.

Carmela: Debería conseguir un abogado, encontrar un apartamento y arreglar la manutención de los niños.

Dr. Krakower: No me está escuchando.

No voy a cobrarle porque no quiero tomar dinero manchado de sangre y usted tampoco debería.

Nunca podrá decir que no se lo advertí.

Carmela: Entiendo. Entiendo…[6]

Freud condena la ambición del médico en los siguientes términos: “por más que al analista le tiente convertirse en maestro, modelo e ideal de sus pacientes; por más que le seduzca crear seres a su imagen y semejanza, deberá recordar que no es ésta su misión en el vínculo analítico”.[7]

Krakower se posiciona en un lugar donde resulta imposible ayudar a que Carmela pueda construir una demanda. Asume una posición paterna, renunciando al dinero por sus honorarios y señalando a Carmela lo que debe hacer.

Krakower intenta restituir al yo de Carmela, a lo que debe hacer bajo su supervisión. En síntesis un modelo a seguir.

Krakower buscará cambiar la percepción de Carmela sobre el mundo, transmitiéndole los valores que él juzga necesarios para funcionar. Se ofrece a sí mismo como modelo de identificación y no toma en consideración la causa del malestar: la problemática de la pareja.

Vía sugestión le ordena una manera nueva de ser en el mundo.

El final de la historia…

El final inexorable de esta historia está marcado por el encuentro de Carmela con Tony Soprano.

Ella está acostada en un sofá, derrumbada:

Tony: ¿Estás… deprimida? ¿O qué?

Carmela: Yo estoy en el repartimiento de trabajo aquí, eso te lo dejo a ti.

Tony: Porque, sabes… si quieres hacer terapia o algo…

Me di cuenta que has estado un poco tensa últimamente.

Carmela: Qué tierno. Tú sugiriendo que vaya al psicólogo.

No tengo tiempo. Seguiré yendo al tuyo, si quieres.

Tony: Tú sabes mejor que nadie.

Carmela: El decano llamó hoy.

Tony: Bueno, eso no puede ser bueno.

Carmela: Le dije que nos anote para los cincuenta mil dólares.

Tony: Carmela, ya te di cinco mil dólares.

Tal vez te pueda dar otros cinco mil dólares. Tal vez diez mil dólares.

Pero no más.

Carmela: Tony, tienes que hacer algo amable para mí hoy.

Y eso es lo que quiero. Tienes que hacerlo.

Tony: ¿Cincuenta mil grandes?

Carmela: Sí.

Tony: Me da la sensación que puedes tomarte la noche libre de cocinar.

¿Quieres comer afuera?.[8]

Carmela prefiere seguir ignorando.

El dinero mal habido servirá para pagar los gastos académicos de sus hijos.

Carmela necesita ratificar que Tony es “un buen hombre” y “un buen padre”, por eso la necesidad imperiosa de la donación económica a la Universidad.

Carmela trueca la posibilidad de analizarse con la donación, única forma de  restaurar su economía psíquica de funcionamiento. Cincuenta mil dólares parece ser el precio de su ceguera.

Existen  diferentes formas de manifestarse la contratransferencia. Cualquiera de nosotros puede responder con el estilo Krakower, interpretando desde una posición superyoica.

La intervención del Dr. Krakower cierra la puerta a la posibilidad de análisis: sabe lo que Carmela tiene y lo que le falta.

Si hubiera podido escuchar desde otra posición quizás se hubiera abierto una dimensión analítica del discurso.

Ninguna identificación satisface a la pulsión y la clínica pone en evidencia la insistencia del síntoma y los fracasos por dominarlo.

No se trata para el analista de adaptar al sujeto a una realidad que no es más que su manera de acomodarse en la vida. Ni de restituir en el paciente un modo de disfrutar y regular la vida.

El analista tampoco es el representante del principio de la realidad. Esta allí, para que se presente la realidad psíquica sin entrometerse. Esta es la realidad que cuenta, que importa, cuando de subjetividad se trata.

Hace falta que el analista esté habitado por un deseo más fuerte que el deseo de ser el amo; cuestión que en Krakower, no lo está.

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Referencias:

  1. Freud, S., “Obras completas” Tomo XXIII, ED Amorrortu, Bs. As. 1990
  2. Freud, S., “Obras completas” Tomo XI, ED Amorrortu, Bs As. 1990
  3. El capitulo en cuestión pertenece a la tercera temporada y se llama “Una segunda opinión”
  4. “Los Soprano”,  tercera temporada: “Una segunda opinión”
  5. Ídem
  6. “Los Soprano”,  tercera temporada: “Una segunda opinión”
  7. Freud, S., “Obras completas” Tomo XXIII, ED Amorrortu, Bs As. 1990, pág. 177
  8. “Los Soprano”,  tercera temporada: “Una segunda opinión”

Jorge Bafico

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Psicoanalísta
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