De la pasividad a la acción

De la pasividad a la acción
Foto: George Becker

Por Daniel A. Fernández

Todo proceso psicoterapéutico requiere de tiempo, de avances paulatinos. No se trata de arrancar a un prisionero (paciente) de su celda de padecimiento, a la que en cierto modo quizá se encuentre acostumbrado, puesto que de inmediato se sentirá aturdido y buscará la manera inconsciente de regresar a ella. Todo conocimiento requiere de un avance gradual. Y el primer paso es cuestionar aquello que damos por seguro y permitirnos dudar. Luego, hacernos cargo de que somos responsables de nuestros propios grilletes. No habrá de ser sencillo y posiblemente resulte doloroso. Pero si solo persistimos en quejarnos y en culpar a los otros por las cadenas que tanto nos sujetan, habremos de continuar inmóviles. Desde luego que nuestra historia individual nos condiciona, pero no es conveniente que nos escudemos en ella a modo de excusa. Como decía Jean Paul Sartre: “Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros”. Y abandonar una prisión es una decisión que requiere no solo de responsabilidad sino también de valentía.

Es claro que a lo que me estoy refiriendo es a la importancia de hacernos cargo. Resuelve lo que puedas del pasado, si es que tanto te mortifica y si es que en verdad aún puedes resolver algo en él. Pocas veces podrás. Generalmente, resolverlo significará aceptarlo y dejarlo ir. Pero no te detengas a vivir en él, puesto que la dirección saludable de la vida es hacia el futuro. Y para avanzar será preciso que te hagas responsable, que dejes de culpar a los demás. Si sólo ves las faltas en los otros y pretendes cambiarlos, estarás desperdiciando tu tiempo y tus oportunidades.

 

 

El término “autoayuda”, a veces menospreciado, contiene un valioso significado. ¿Cuál? Que debes ayudarte a ti mismo. Y tal cosa no es factible desde una posición de pasividad frente a la vida. “Ayudar” es un verbo que implica acción. Suponte que caes en una profunda piscina y no sabes nadar. Lo más saludable sería que gritaras pidiendo ayuda. Pero cuando alguien se lance a la piscina para rescatarte, tú deberás colaborar para ser rescatado. Posiblemente debas disponer tu cuerpo de tal forma que, quien intente auxiliarte, pueda aferrarte de algún modo para sacarte de allí. Es decir que debes ayudarte a que te ayuden.

Imagina ahora que cuando caes en la piscina estás solo, que mires hacia donde mires no hallas a otro ser humano que pueda socorrerte. ¿En ese caso te cruzarás de brazos y aceptarás con resignación hundirte en la profundidad? Claro que no. Indudablemente habrás de movilizar tus brazos y tus piernas, aunque no sepas nadar, procurando mantenerte a flote. Tal vez, incluso, sea en ese preciso instante cuando aprendas por ti mismo a nadar. Deberás permanecer en movimiento o te hundirás. Y ayudarte a ti mismo requiere que hagas algo, que acciones, que abandones la inservible queja y te desplaces en alguna dirección y de algún modo. En resumidas cuentas, bien lo dijo Albert Einstein: “la vida es como andar en bicicleta, para conservar el equilibrio debes mantenerte en movimiento”.

Daniel A. Fernández

Daniel A. Fernández

Lic. en Psicología. Autor de los Libros “¿SERÁS LO QUE DEBAS SER? - Un enfoque psicológico para acercarnos a la felicidad” y “SAPOS Y CENICIENTAS - Una mirada psicológica sobre las problemáticas del amor” de Ediciones Urano.
Daniel A. Fernández

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