La oscuridad y el silencio

La oscuridad y el silencio
Foto: Susana Vera/Reuters

Por Martín Sarthou

“Padre, que están matando la tierra.
Padre, dejad de llorar que nos han declarado la guerra”
Joan Manuel Serrat. Fragmento de “Pare”

Ayer fue Barcelona.

Antes fue Berlín, Londres y fue París.

Atentados como los que vimos el último año dejan cientos de víctimas y millones de personas “psicológicamente discapacitadas” por el miedo.

Eric Hollander, del Albert Einstein de Nueva York, lo dice de forma clara: “No buscan que reaccionemos de forma impulsiva, la herida que más perdura son esas imágenes en nuestra mente para convencernos de que no hay nada que podamos hacer”

La barbarie calculada nos puso en 2001 a todos a mirar un avión en Nueva York incrustado en un edificio icónico, para que cuando llegase el segundo prácticamente todos en el planeta tierra lo estuviéramos mirando en directo.

Ese día, ese crimen abyecto casi que fundó una cátedra de comunicación para infundir el miedo.

Hoy caminamos por las grandes ciudades sabiendo que somos potenciales blancos de un peatón con un cuchillo o de un asesino montado en una camioneta. De la misma forma que caminamos por ciudades bíblicas y milenarias pensando que desde el cielo un drone o un bombardero nos puede volar en mil pedazos.

Porque también pasa en Aleppo, Kabul, Sanaá, Mosul, Jerusalén y Gaza.

Y también lo vemos en directo.

Y la culpa no es de los medios y sus “Breaking News”

Los romanos crucificaban vivos a sus criminales en lo alto de un monte y ahí los dejaban para que todos, muertos de miedo por el horror de la imagen, los pudieran ver.

Los asirios empalaban a los enemigos y los exhibían… su fama llegaba a la ciudad enemiga antes que ellos mismos. Los vikingos en las islas británicas, los ingleses en la India y Pakistán o los españoles en Tenochtitlán, montaban un sitio frente a ciudades que cercaban y ponían sobre lanzas las cabezas cortadas de sus enemigos para que desde dentro, el terror y el miedo de correr la misma suerte calara hasta los huesos.

 

 

Y era en vivo y en directo. Y los vigías desde las torres eran “los medios”

Ayer, como en noviembre de 2015 cuando París fue una carnicería, pese a la indignación, el horror, el espanto y pese a todos los “je Suis” que nos mandaron y los “Pray for Barcelona” que leimos en Twitter, en un momento de la tarde a casi todos nos compartieron por Whatsapp un video duro, desagrable, lleno de sangre de las víctimas en las Ramblas de Barcelona.

Y seguro era alguien de nuestra lista de contactos. Es decir, alguien con quien compartimos –al menos- valores esenciales.

Y eso es punto para ellos, para estos nuevos abanderados del terror.

Hoy es caso de estudio que en los atentados de Bruselas el año pasado tras la primera explosión se registraban gritos, pánico y el espanto del horror. Tras la segunda, hubo silencio, llanto y gestos de “ya no se puede”

En Saida, al sur del Líbano pude ver en 2006 como tras las primeras bombas desde Israel todos corrían. Tan solo una semana después pude ver niños jugando al fútbol a 300 metros de un bombardeo.

Y 4 días después también vi como en Kiryat Shmona, en la frontera norte de Israel con Líbano, ante las primeras sirenas por el lanzamiento de un cohete de Hezbollah todos corrían buscando refugio. Pero cuando las sirenas pasaron a ser una constante, ya no corrían… solo caminaban.

El mismo Hollander nos recuerda que “Desde que tenemos registros el hombre recurre al terror para infundir el miedo. Y es el miedo a posibles futuros actos de terror el que afecta no sólo nuestra conducta, sino nuestra forma de pensar en cómo defendernos al punto de que hoy es más fuerte la resignación que la rebeldía”

La batalla psicólogica la seguimos perdiendo cada vez que creemos que las luces apagadas de la Tour Eiffel o los minutos de silencio son un acto de rebeldía, justo ante un enemigo que donde se siente más a gusto es cuando callamos y en la oscuridad.

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Fuente: Sarthou, M. (2017, agosto 18). La oscuridad y el silencio. Recuperado a partir de https://medium.com/@msarthou/el-miedo-que-paraliza-o-el-miedo-que-moviliza-31969c651786

Martín Sarthou

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