Consecuencias del maltrato infantil

Consecuencias del maltrato infantil
Foto: Kat Smith

Por Álvaro Morales

“Todo niño es un potencial genio. Pero muchas veces los genios se apagan, a pesar de tener las cualidades, por cosas que suceden en sus hogares, en sus escuelas, en sus ambientes. Los niños que viven en familias disfuncionales, desventajadas, de ritmo acelerado o con rigidez ideológica, tienen más tendencias a perder su genio” …“Cada niño tiene el potencial de despertar ese genio que les llenará de júbilo, en una forma inclusiva de todos los tipos de inteligencia. Los genios tienen doce cualidades básicas que están presentes de manera innata en los niños: Curiosidad, Disfrute al jugar, Imaginación, Creatividad, Asombro, Sabiduría, Ingenio, Vitalidad, Sensibilidad, Flexibilidad, Buen Humor y Alegría”.

Thomas Armstrong, Las inteligencias múltiples.

El maltrato infantil es un grave problema sanitario mundial. El momento evolutivo de los infantes, caracterizado por la permeabilidad del sistema nervioso, los hace especialmente vulnerables a los cambios. El maltrato puede producir alteraciones que afectarán el desarrollo estructural. El estrés temprano repetitivo inherente a las diferentes formas de maltrato infantil está relacionado con alteraciones en las funciones neuroendocrinas y presenta diferencias estructurales y funcionales del cerebro.

La Organización Mundial para la Salud (OMS) define el maltrato infantil como: “los abusos y la desatención de que son objeto los menores de 18 años, e incluye todos los tipos de maltrato físico o psicológico, abuso sexual, desatención, negligencia y explotación comercial o de otro tipo que causen o puedan causar un daño a la salud, desarrollo o dignidad del niño, o poner en peligro su supervivencia, en el contexto de una relación de responsabilidad, confianza o poder” (OMS, 2014). La organización también aclara que la exposición a la violencia de pareja puede incluirse entre las formas de maltrato infantil.

El maltrato infantil es definido por la Organización Panamericana de la Salud como “toda forma de maltrato físico y/o emocional, abuso sexual, abandono o trato negligente, explotación comercial o de otro tipo, de la que resulte un daño real o potencial para la salud, la supervivencia, el desarrollo o la dignidad del niño en el contexto de una relación de responsabilidad, confianza o poder” (O.P.S., 2004). Abarca además otras categorías: maltrato físico, negligencia y abandono, abandono emocional, abuso sexual.

Las cifras que maneja la OMS no son alentadoras ya que se estima que al año hay unas 155.000 muertes de niños que no superan los 15 años, por maltrato o negligencia.

El maltrato infantil tiene numerosas consecuencias a nivel psicológico, todas negativas, pero también puede tener consecuencias a nivel cerebral. Cada vez son más las investigaciones e investigadores que parecen concluir de forma similar en este sentido. El cerebro está en continuo desarrollo, pero la infancia es la etapa más vulnerable a la influencia de factores externos. Un suceso traumático durante la infancia puede significar alteraciones que pueden llegar a ser irreversibles, hasta el punto de que muchas de las conductas “incorrectas” que observamos en niños y adolescentes pueden ser explicadas a partir de una situación de maltrato (Mesa y Moya, 2011).

De esta forma, cuando ocurre durante la infancia, el maltrato significa una interrupción del desarrollo normal del niño. La infancia no sólo es un periodo vulnerable, sino que es el periodo en el que ocurre el mayor crecimiento cerebral, multiplicación neuronal y formación de los circuitos cerebrales; es el periodo de máxima aceleración y crecimiento. Pero también es un periodo de máxima vulnerabilidad: cualquier estimulo afecta el desarrollo del cerebro (Molina Díaz, 2015).

El maltrato puede provocar una reducción en el volumen de varias estructuras cerebrales (hipocampo, amígdala, cerebelo, cuerpo calloso y corteza cerebral), que se relaciona con determinados síntomas en diferentes aspectos. En el aspecto cognitivo: problemas de concentración, atención y memoria. En el aspecto de las funciones ejecutivas, dificultades en la percepción, el lenguaje y la emoción. Y en el aspecto psicológico problemas de depresión, trastorno por estrés-postraumático, conducta antisocial, y abuso de sustancias.

Los niños que son victima de cualquier tipo de maltrato desarrollan en mayor proporción problemas de conducta y problemas emocionales que aquellos que no lo sufren. Estos problemas incluyen los relacionados con ansiedad, depresión y angustia, así como problemas de control de impulsos, agresividad y comportamientos de poca sociabilidad.

El estar sometidos en forma prolongada a situaciones que implican un alto grado de estrés produce una alteración en los mecanismos neurobiológicos encargados de su regulación y encausamiento (Newport, Heim, Bonsall, Miller y Nemeroff, 2005). De esta forma, estos niños tienen muy baja tolerancia a la frustración y a situaciones estresantes y muchas veces ante una situación que no saben manejar del todo responden con agresividad o apatía. Entre los efectos que se pueden observar en estos niños ante situaciones de estrés se encuentra: aumento de glucogénesis, aumento de irritación gástrica, aumento de la liberación de ácidos grasos libres, aumento de la producción de urea, desarrollo de sentimientos de desesperanza y pérdida de control, supresión de la actividad inmunológica o supresión del apetito; o trastornos psiquiátricos como hipersensibilidad al estrés, a la ansiedad y a la depresión (Nemeroff, 2004).La hormona del estrés, el cortisol, se presenta en un porcentaje mucho más elevado en niños que padecen maltrato. También se observa que estos niños tienen problemas de memoria verbal, lo que sugiere que estos niveles anormales de cortisol podrían estar afectando al hipocampo, lo que explicaría los problemas de memoria (Bremner et al., 2003).

Los niños aprenden más de lo que ven en los otros que de los que se les dice. Así, aprenden a través de conductas imitativas. Esto explica el carácter “viral” del maltrato físico. Los niños maltratados reproducirán lo que vieron hacer a sus referentes adultos, generando un círculo vicioso cada vez más amplio.

Algunas de las conductas que pueden explicarse a partir de una situación de maltrato infantil

Dificultad para concentrarse y para prestar atención. La atención es el filtro que determina qué es importante y qué no, qué sirve en cada caso para llevar a cabo una acción. Los niños maltratados presentan mucha mayor dificultad para poder mantener la atención que niños que no han sufrido maltrato.

Problemas de memoria. La memoria es una de las funciones más complejas del cerebro humano. Su función es catalogar aprendizajes y experiencias con el cometido de que puedan volver a ser utilizados en situaciones similares. Memoria y atención son dos de las funciones más negativamente alteradas como resultado del maltrato infantil. Se observan no sólo alteradas de su normal desarrollo, sino disminuidas en relación al promedio.

Bajo rendimiento académico. Un derivado de las alteraciones deficitarias en relación a memoria y atención. Si a un ser humano promedio le restamos capacidad de memoria y atención sin dudas su rendimiento en varias áreas aparecerá por debajo del promedio. De todas las formas de maltrato infantil el abuso sexual es el que más alteraciones produce a nivel de desempeño académico; afectando en especial estas funciones. El estrés en etapas vulnerables del desarrollo altera en forma irreversible ciertas áreas del cerebro que intervienen en forma crucial en el proceso de aprendizaje. Los niños que han sufrido de maltrato muestran un rendimiento más bajo en las áreas de lectura, cálculo y expresión escrita del que cabe esperar por edad, escolarización y nivel de inteligencia

Problemas para comunicarse o para entender a otros. El lenguaje es una de las capacidades más importantes del ser humano, ya que con él tenemos la oportunidad de comunicarnos. En niños que han sufrido maltrato se logran apreciar dificultades en el desarrollo del lenguaje, tanto para expresarse como para comunicarse. El componente oral se encuentra dañado en todos los tipos de maltrato, observando que el abandono es el más perjudicial en este sentido.

Distanciamiento afectivo y problemas generales de relacionamiento. La confianza en los otros es un elemento clave para el desarrollo de la empatía, o la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Los niños que desconfían desde etapas tempranas de aquellos que están a su cargo, difícilmente puedan confiar en alguien más en el resto de sus vidas, y con esto tengan dificultades para desarrollar empatía y para relacionarse con otros en forma saludable.

Depresión. Los niños que sufren cualquier tipo de maltrato desarrollan, en mayor proporción, problemas de conducta y problemas emocionales, que niños sin maltrato. Estos problemas incluyen, problemas de ansiedad, de depresión y de angustia, así como problemas de control de impulsos, agresividad y comportamientos poco sociales.

Bajo nivel de autoestima. El maltrato produce individuos que no creen en sus propias capacidades, que se creen menos que aquellos que no son maltratados. En algún momento de su desarrollo, es posible que los niños maltratados crean que lo que sufren se lo merecen pues es el único argumento que explica lo que les sucede. La baja autoestima marcará el resto de sus vidas, determinando el desarrollo de sus potencialidades. Aquí podríamos sostener, junto a autores de referencia, que en una sociedad adulto-centrista todos los individuos padecen de baja autoestima. El sentimiento de inferioridad es común a todos sus integrantes (Adler, 1959). Venimos a un mundo hecho por adultos y para adultos, donde hasta el picaporte de una puerta pude parecer un obstáculo infranqueable. Pero en niños que han sufrido maltrato el sentimiento de inferioridad relativo es mucho mayor y puede significar un verdadero riesgo. Los niños maltratados se sienten menos que los niños que no sufren maltrato. Su punto de comparación está muy bien definido.

Cuando el maltrato se da en niños pequeños, menores de tres años, es probable que no se desarrolle el apego y por lo tanto se dañarán sus habilidades sociales y su autoestima

Conducta antisocial. Los niños maltratados muestran un comportamiento poco cooperativo y una menor empatía hacia los demás. Este tipo de maltrato se asocia con una menor inhibición de conductas que llevan asociadas emociones como la rabia o la frustración. El maltrato físico crónico puede llevar a que en un futuro se desarrolle una personalidad antisocial.

Widom y Maxfield (1996) llegaron a la conclusión de que los niños abusados y objetos de negligencia eran casi el doble más proclives a ser arrestados antes de los 18 años que los muchachos de su misma edad que no habían sufrido maltrato.

Autoagresión. El maltrato físico hace sentir a los niños que no son dueños de sus cuerpos. La autoagresión (cortes) puede ser utilizada como una forma de volver a sentir su propio cuerpo como suyo, volver a adueñarse. Por otro lado, el maltrato infantil siempre implica una cuestión de poder en la que el niño es el menos favorecido. Muchas veces los niños maltratados sólo encuentran una posible explicación al maltrato desde una figura referente: ellos deben ser los culpables. Este sentimiento de culpa puede implicar un auto castigo a nivel físico.

Violencia. Cualquier alteración de la corteza cerebral puede significar serias deficiencias en las funciones ejecutivas de los niños maltratados, como pensamiento abstracto, atención y memoria. Aquí debemos añadir que los malos tratos de la infancia pueden llevar a un mayor grado de violencia y a su naturalización como elemento vinculante (lo opuesto a lo que es considerado normal), así como a conductas antisociales en la edad adulta. En niños que no han sufrido maltrato, la corteza orbito – frontal inhibe las conductas agresivas para actuar de forma normal. Pero en personas con daños por hechos traumáticos esta zona presenta escasa activación, de manera que queda inhibida la capacidad normal de inhibición y del control de las conductas agresivas, por lo que los niños afectados podían responder negativamente. Esto podría explicar la actitud agresiva y por completo desinhibida de algunos niños frente a las diversas figuras de autoridad. En estos niños, la violencia muchas veces pasa a ser la reacción más normal.

Problemas en la alimentación. Numerosas investigaciones parecen sugerir que el abuso sexual infantil es un especial factor de riesgo para los trastornos alimenticios, siendo mayor su asociación con la bulimia nerviosa y en general con los cuadros que presentan una sintomatología bulímica (Connors & Morse, 1993; Everill & Waller, 1995; Thompson & Wonderlich, 2004). Las principales hipótesis se focalizan en el significado del cuerpo como el sitio del trauma sexual, la importancia de la vergüenza del cuerpo y el deseo de restablecer el control y reducir la vulnerabilidad mediante acciones relacionadas con el ocultamiento del cuerpo (Connors, 2001). En otras palabras: el niño que sufre abuso sexual se avergüenza de su cuerpo. Esto, y el deseo de reducir la potencial vulnerabilidad, vuelven a los niños abusados mucho más propensos a intentar ocultar su cuerpo alejándolo de cualquier versión cultural que pudiera resultar atractiva.

Determinadas actitudes auto lesivas y una variedad de conductas impulsivas, además de los atracones y los vómitos, proveen de un alivio temporal para la perturbación no resuelta relacionada con el abuso. Las conductas bulímicas, como los atracones y los vómitos, pueden ser una forma de anestesiar los sentimientos, o también una forma simbólica de limpiar su cuerpo, expulsar la rabia y el sentimiento de bajo o nulo valor personal (Briere, 1992).

Otros estudios vinculan el abuso en la infancia con el aumento de peso corporal y el riesgo de obesidad en la adultez (Williamson D.F., 2002).

El maltrato puede producir un deterioro hormonal que a largo plazo genera un mayor riesgo a desarrollar enfermedades metabólicas, como la obesidad y la diabetes. La hormona irisina participa en el metabolismo energético. La adiponectina reduce la inflamación en el cuerpo. Los adultos que sufrieron los abusos y las negligencias más graves en la infancia tendían a tener niveles más altos de leptina e irisina y niveles más bajos de adiponectina.

Las mujeres que sufren maltrato físico o sexual de niñas y adolescentes tienen un riesgo significativamente mayor de desarrollar diabetes tipo 2. Además existe una relación dosis-respuesta de manera cuanto más grave es el abuso, mayor es el riesgo.

Suicidio. Las víctimas de cualquier tipo de violencia interpersonal en la infancia o adolescencia tienen dos veces más riesgo de intentos de suicidio cuando son jóvenes o adultos jóvenes, y este riesgo casi se cuadruplica cuando el abuso ha sido sexual.

Conclusiones

Los daños más comunes que podemos ver a nivel neurofisiológico en adultos que fueron maltratados de niños son cambios neuroendocrinos: alteraciones en los niveles de cortisol, catecolaminas, serotonina, noradrenalina, observándose normalmente niveles más altos de lo normal. Estos niveles elevados alteran en forma irreversible a varias funciones normales vinculadas con el desarrollo. Otra función alterada que podemos encontrar tras el maltrato infantil es la función inmune, que aparece deteriorada hasta tal punto que se podría comparar con la de personas enfermas de artritis o lupus.

Desde un punto de vista estructural, parece ser que niños con historial de maltrato tienen un encéfalo más pequeño que la media. Las estructuras que parecen ser más vulnerables a los estragos del maltrato infantil son el hipocampo, la amígdala, el cerebelo, el cuerpo calloso y la corteza cerebral. Por lo general, se encuentra una reducción volumétrica en todas estas estructuras lo que llevaría a una determinada sintomatología cognitiva y psicológica. Dos de las funciones más afectadas son atención y memoria, siendo los niveles exhibidos por personas sometidas a maltrato infantil más bajos que el promedio. Otras funciones que pueden estar afectadas son funciones ejecutivas, percepción, lenguaje y emoción, estando la disfunción de éstas últimas relacionada con diversas patologías psicológicas como depresión, trastorno por estrés-postraumático, conducta antisocial, abuso de sustancias, etc.

Solemos asociar (desde el desconocimiento cabal) maltrato infantil con abuso infantil, y este último con violación. Así, podríamos simplificar nuestros sistema de asociaciones en que maltratar a un niño es sinónimo de violarlo. Creemos que como estamos muy lejos de eso, podemos por lo tanto considerarnos impolutos a la hora de hablar sobre maltrato. Nada más alejado de la realidad. Las formas más comunes de maltrato infantil pueden incluso no implicar un contacto físico, y estar más relacionadas con un hostigamiento del orden de lo psicológico. Es más común menospreciar a un niño, destratarlo, subestimarlo, limitar su desarrollo e ignorarlo, y los efectos de esto pueden ser tan nocivos como aquellos que se desprenden de lo que solemos imaginar por maltrato. La mayor parte de las formas modernas de maltrato infantil derivan de una construcción social histórica, no se trata de desvaríos de personajes oscuros sumergidos en la ilegalidad, ni designios de la irracionalidad, se trata de lo que nos ha quedado de reglas, normas y hasta leyes del pasado, de la larga época en la que las personas eran considerados objetos materiales. Así, aunque parezca rudo y poco simpático hay que decir que las formas más comunes de maltrato infantil son las que se dan en el marco de una institucionalidad cultural y dentro de un marco legal, o sea como parte de la educación formal del niño, primero en la casa y luego en las instituciones educativas.

Podríamos rastrear a aquellos problemas que solemos considerar como los más acuciantes de la juventud actual (bajo nivel educativo, dificultades para concentrarse y prestar atención, débil memoria, comportamientos violentos, agresividad mal direccionada, falta de empatía, irrespeto por los mayores y en general por cualquier figura de autoridad, y un largo etcétera) a una o varias situaciones de maltrato infantil. En una sociedad aún fuertemente influenciada por una concepción machista y patriarcal, pero más que nada adulto-centrista, es decir que considera al adulto como la norma del ser humano, durante mucho tiempo el maltrato infantil no sólo fue lo más común si no que hasta era recomendado por referentes educativos. Parece imposible no asociar ambos fenómenos. Una sociedad donde el maltrato infantil era una forma de educación estandarizada (“La letra con sangre entra”) ha producido varias generaciones de niños con problemas serios de aprendizaje y de convivencia.

El maltrato infantil (en cada una de sus múltiples variables) puede producir daños y alteraciones a nivel nerurocerebral. Esto significa que muchos de los problemas que vemos en los jóvenes, relacionados más que nada a déficits intelectuales y a dificultades de convivencia, podrían llegar a ser una consecuencia del maltrato.

Para algunos autores, como Lev Vygotsky, el contexto social influye en el aprendizaje más que las actitudes y las creencias. La actividad del sujeto no se limita a responder a los estímulos, sino también a transformarlos. Así, el contexto social del niño es el principal determinante en su desarrollo. Los adultos que rodean al niño actúan como mediadores con el mundo, y la forma en la que faciliten u obstaculicen esta mediación determinará en forma concluyente las potencialidades del niño.

Vygotsky (1979) formula el concepto de “Zona de desarrollo próximo”: la capacidad que posee todo ser humano, en particular todo niño, para captar y aprovechar las claves, señales e instrucciones de los que poseen más experiencia y conocimientos que él. Existe un plus que se agrega a las capacidades del niño de resolver un problema en forma independiente, y es esa otra capacidad de resolver otros problemas que superan su nivel de desarrollo físico y psicológico. El plus es determinado por el contexto del niño.

Así que, cuando vemos a un niño deprimido, apático, desinteresado, desapasionado o disociado, cuando vemos a otro niño con serios problemas para prestar atención, con dificultades para mantener la concentración, con bajo nivel académico, al que le cuesta leer, escribir y calcular, cuando lo vemos desafiar cualquier forma de autoridad con la que se cruza, padres, educadores, autoridades, cuando descubrimos que se autoflagela en secreto, cuando nos parezca que está distante desde el punto de vista afectivo, cuando le cueste mucho poder comunicarse o lo notemos demasiado violento y con dificultad para controlar los impulsos, nos debemos preguntar: no ya si ese niño puede ser víctima de alguna forma de maltrato, si no de qué forma de maltrato es víctima. Debemos preguntarnos: ¿de cuál de las formas que toma el maltrato es víctima ese niño? ¿Qué es lo que hacen los adultos a cargo de ese niño que ha producido y produce un desorden en su desarrollo, desorden que se expresa como síntoma a través de las conductas consideradas inadecuadas?

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Referencias

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Álvaro Morales

Álvaro Morales

Licenciado en Psicología. Último año del Postgrado en Psicología Clínica en el Centro de Estudios Adlerianos. Ha publicado relatos en unas treinta antologías, entre ellas: Alcublas 2013;Calabacines en el Ático, Grand Guignol, organizada por Saco de Huesos; Concurso Literario Gonzalo Rojas Pizarro, Chile, 2015;I Certamen Mundial Excelencia Literaria, en las tres categorías (cuento, ensayo, aforismo);III versión de la antología Escritores Acrónimos, La Paz, Bolivia; El hilo de la memoria, NY, USA; finalista en el Concurso Carbono Alterado para la antología Ruido Blanco 3, organizado por MMEdiciones; III Concurso Internacional de Relatos Pecaminosos. Ha publicado en revistas como Axxón, Argentina, y Cosmocápsula, Bogotá, Colombia. En el 2016 se editará su primera novela corta "El otro Montevideo", a través de la editorial Kodama Cartonera, Tijuana, México.
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