Daños colaterales

Daños colaterales
Foto: Telesur TV

Por Isela Segovia

“La oscuridad engendra la violencia y la violencia pide oscuridad para cuajar en crimen. [1]”

Este trabajo fue leído en el X Congreso Degradación de los lazos sociales, de la Red Analítica Lacaniana, A. C. (REAL), que se llevó a cabo en la Cd. de México, D. F., en junio de 2011 en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco, a un costado de la Plaza de las Tres Culturas, lugar tristemente emblemático en la historia reciente del país, pues ahí ocurrió la matanza de estudiantes y de personas inocentes que se encontraban congregadas en un mitin el día dos de octubre de 1968, por el fuego cruzado entre la policía y el ejército. Era el penúltimo año del sexenio del gobierno anterior al actual, 2011, el cual estuvo caracterizado por una “guerra” declarada contra diversos cárteles del narcotráfico y que dejó una enorme cantidad de muertos y “desaparecidos”, así como una violencia cada vez mayor. La situación presente, con el relevo en la administración, no ha cambiado demasiado. Peor aún, se ha agudizado. Uno de los acontecimientos más crueles e indignantes ocurrido recientemente, el 26 de septiembre de este año 2014, fue la desaparición forzada de 43 estudiantes normalistas de Iguala (del paraje de Ayotzinapa) en el estado de Guerrero, a manos de la policía municipal, y que al parecer fueron entregados a un grupo narcotraficante quienes, según informes aún incompletos de la Procuraduría General de la República (PGR), los asesinaron, quemaron y arrojaron sus restos al río… El asombro, el horror por la saña con la que al parecer fueron eliminados estos jóvenes, ha desatado una ola de protestas, manifestaciones y acciones diversas, encabezadas por los familiares, a las que se han sumado estudiantes, organizaciones sociales y  miles de personas de otros estados del país y de fuera de México, que no cesa y que ha vuelto a sacar a las calles a multitudes más o menos organizadas en la exigencia de justicia. Considero que este texto tiene, desafortunadamente, vigencia en estos momentos de gran tensión en una sociedad largamente agraviada. Va como la necesidad de decir, ante tanta muerte y tanto dolor…

El término “daños colaterales”[2] ha sido utilizado por diversas fuerzas armadas para referirse al daño no intencional o accidental producto de una operación militar. Comenzó siendo un eufemismo acuñado por el ejército de Estados Unidos durante la Guerra de Vietnam, y puede referirse a fuego amigo o destrucción de civiles y sus propiedades. La expresión  se populariza durante la Guerra del Golfo Pérsico en 1991 a través de los informes militares televisados, y era utilizada para referirse a las víctimas civiles  durante el bombardeo a Irak. Por cierto, ésta fue la primera guerra transmitida por televisión en “tiempo real”.

En general, si la destrucción de un objetivo militar supone una ventaja táctica y si en el proceso de destrucción de ese objetivo deben ser asesinados civiles indefensos e inocentes, ese asesinato se convierte en daño colateral por suceder en el proceso de alcanzar un fin superior [3].

En México, en el pasado sexenio (presidente Felipe Calderón, 2006-2012), se cuentan gran cantidad de muertes de civiles inocentes que quedaron atrapados en los enfrentamientos entre las fuerzas del gobierno y las del narcotráfico. Al menos 166 [4] personas que el gobierno reconoce como “civiles inocentes” perecieron en 2010 por el fuego cruzado entre bandas de narcotraficantes y fuerzas federales. Ese número, según cifras gubernamentales, representa un incremento de 172 por ciento respecto del año anterior. Sin embargo, expertos independientes estiman que el número de bajas colaterales puede ascender al 10 por ciento de las alrededor de 40 mil personas asesinadas en ese sexenio. De comprobarse esa estimación, el número de “civiles inocentes” que perecieron hasta el año 2011 ascendería a más de 4 mil [5].

Además, el horror se volvió cotidiano: diariamente podemos enterarnos de cifras (incluso llamado “parte de guerra” por algún comunicador, y hasta “ejecutómetro” por algún otro), de expresiones cada vez más espantosas y crueles mediante las cuales las víctimas son eliminadas. Nuevos significantes se  agregan también al glosario de la muerte: levantón, encajuelado, “desintegrado”, “rafagueado”, “pozoleado”, desaparecido.  Señalados como “daños colaterales”, tal pareciera que estas muertes sólo formaran parte de las estadísticas: muertos anónimos. Al respecto, el periodista Roberto Zamarripa señala que “A los muertos de ahora ya no se les guarda respeto. Son números en el recuento de la guerra no pedida, son vergüenza porque nadie quiere ser estigmatizado ni vivo ni muerto como delincuente, como narco, como sicario, como villano. Ni tiempo de llorar, ni tiempo de despedir porque hay que esconder a la familia para que no la tomen como cómplice…” [6]

Situación que se ha repetido en muchas ocasiones: la criminalización de las víctimas; el intento de modificar la escena del crimen, para hacerlas aparecer como culpables; la suspicacia en el trato, responsabilizándolas por haber estado “en el lugar equivocado, en el momento equivocado”; en medio del fuego cruzado del narco, el crimen organizado, el ejército, la marina y la policía; asesinados en retenes del ejército por no detenerse a los señalamientos, o emboscados por soldados ebrios, drogados, asustados o “nerviosos”* … Sujetos inermes frente a un Otro feroz, despiadado y perverso… Incontables asesinatos que no son aclarados, que permanecen impunes; un sistema judicial ineficaz; una enorme corrupción a todos los niveles…

Como comenta la periodista Marcela Turati, en su investigación sobre las víctimas atrapadas en la “guerra” contra el narcotráfico:

La violencia homicida que recorre México pisotea vidas, las avienta a una trituradora, las destroza. Cada una de las balas disparadas deja una huella imborrable. Hace tanto daño como una bomba. Afecta gente a su paso. Sume en depresión a familias completas. El miedo las toma por rehén. Tortura a sus miembros hasta en sus sueños. Incuba enfermedades en sus organismos. Las arruina económicamente. Se ensaña especialmente contra los más pobres, a quienes roba más oportunidades y condena a repetir el ciclo de la exclusión. Deja maltrechas sociedades enteras. [7]

Pero no son víctimas anónimas: son padres, madres, hermanos, hijos, tíos, sobrinos, primos, abuelos, amigos, parejas, de otros, cuyas pérdidas han dejado familias rotas, niños huérfanos, hombres y mujeres viudos y viudas [8]; –para los padres que pierden un hijo ni siquiera existe un significante para nominarlos–; personas mutiladas; desplazados [9] que han tenido que abandonar sus hogares y sus comunidades; “muertos en vida” por el que ya no está o por el que un día ya no volvió –“desapareció”– y nadie puede dar cuenta de si vive o no. Y todos tienen nombre, un lugar en la vida de esos otros. Y mucho miedo, rabia, impotencia, dolor en los que quedan…

¿Qué se hace con todo ese miedo, esa rabia, esa impotencia, ese dolor? ¿Qué sucede con una sociedad agraviada, con un tejido social destrozado, con unos lazos sociales degradados?

Discutir si la estrategia contra el narcotráfico emprendida por el anterior gobierno es inadecuada o no, está fuera de los propósitos de este trabajo. Me interesa, en cambio, hacer algunas puntuaciones en relación a los efectos de esa guerra en los sujetos que, como una onda expansiva, impacta su existencia y la modifica de forma permanente.

La violencia no es algo reciente por supuesto; quizá sólo la vemos y la vivimos como algo más “inmediato”, pues nos enteramos a diario de su ejercicio en formas cada vez más crudas y espantosas. Se trata más bien de algo estructural, como asegura Freud en El malestar en la cultura:

…el ser humano no es un ser manso, amable, a lo sumo capaz de defenderse si lo atacan, sino que es lícito atribuir a  su dotación pulsional una buena cuota de agresividad. En consecuencia, el prójimo no es solamente un posible auxiliar y objeto sexual, sino una tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin su consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infringirle dolores, martirizarlo y asesinarlo. [10]

En su análisis de la cultura, Freud encuentra que ésta se halla erigida sobre la renuncia de dos importantes pulsiones: la sexualidad y la agresividad, las cuales son sofrenadas por la educación y la crianza, sustrayendo la energía que requieren tales pulsiones para ponerlas al servicio de lo social. Los seres humanos deben renunciar a la satisfacción de sus deseos sexuales y agresivos en beneficio de la preservación de la cultura, lo cual deja espacio para canalizarlos a manifestaciones aprovechadas socialmente. Pero como toda renuncia implica una pérdida, la insatisfacción genera un malestar que se traduce en una tensión inherente a las relaciones humanas.

 

 

Si como afirma Freud la creación de la cultura implica todas las actividades y las normas, cuyos fines son la protección del ser humano frente al poder de la naturaleza y la regulación de los lazos entre los hombres, el ser humano, en su afán de dominio de ambas instancias ha utilizado una alta carga de violencia. Y el dominio de la naturaleza es una manifestación de la pulsión de muerte que, dirigida a los objetos, se esfuerza también a procurar al yo la satisfacción de sus necesidades vitales, tal como fue asentado por Freud en El malestar

El psicoanálisis reconoce el mal que habita en el sujeto, da cuenta de él como algo estructural. No lo critica. Antes bien, reconoce en la pulsión de muerte una fuerza creadora; su sublimación. Como Lacan afirma en su Seminario de La ética:

Si todo lo que es inmanente o implícito en la cadena de los acontecimientos naturales puede ser considerado como sometido a una pulsión llamada de muerte, esto es así sólo en la medida en que hay cadena significante. Es exigible, en efecto, en ese punto del pensamiento de Freud, que aquello de lo que se trata sea articulado como pulsión de destrucción, en la medida en que pone en duda todo lo que existe. Pero ella es igualmente voluntad de creación a partir de nada, voluntad de recomienzo. [11]

Muchas de las personas que han perdido familiares a consecuencia de la violencia, se hallan sumidas en un duelo que se queda como detenido, que a veces se convierte en rabia o en un ánimo de venganza que provoca padecimientos diversos, lentos suicidios o más muertes [12]. Sin embargo, otros más convierten esta muerte en una causa: a través de la movilización social, del lazo con otros con quienes comparten la tragedia. ¿Es así como se puede transformar esa pulsión de muerte en un acto de creación? ¿O es para no morirse que se pone todo ese dolor  en acciones para que esos muertos no se olviden, para que llegue la justicia que reivindique sus muertes? ¿Para no estar solo muriéndose de a poco ante los embates de un poder cuya fuerza destructiva es tan grande?

En un momento en que el desconocimiento del otro parece la tónica de la relación con el otro, la búsqueda del lazo a partir de los movimientos sociales aparece como una apuesta. Cuando, como señala Helí Morales, “El mundo actual… está repleto de signos de destrucción, violencia y desamparo” y que “No hay ideales que se sostengan y el retorno a los caminos del oscurantismo toma el rostro terrible del fascismo y el lamentable escudo de lo religioso” [13], salir a las calles para enfrentar el miedo y la desmovilización que impera en la sociedad de nuestros días, abre a otras posibilidades.

Interesante que sea justamente la figura de un poeta, Javier Sicilia, quien haya logrado aglutinar alrededor suyo un variado número de organizaciones y causas [14]; que haya propiciado dar voz a quienes también habían permanecido callados en su dolor. El poeta que decidió callar su poesía hasta que no fueran encontrados los asesinos de su hijo, pues como él mismo dijo: ” El mundo ya no es digno de la palabra, es mi último poema, no puedo escribir más poesía…la poesía ya no existe en mi” [15].

La “Marcha por la paz con justicia y dignidad” [16], llamada también “del consuelo”, que llegó a su destino, ciudad Juárez (el “epicentro del dolor” la llamó Sicilia), el viernes 10 de junio de 2011, fue recabando a lo largo de su recorrido por diferentes estados del territorio mexicano muchas voces, testimonios dolientes y conmovedores de los muchos que han encontrado en ella la posibilidad de no callar más.

No sabíamos en aquel entonces en que habría de derivar este movimiento, cuáles podían ser sus alcances. En ese momento, podía implicar para sus participantes la oportunidad de hacer un lazo con otros, sumar fuerzas, construir pactos, gestar acuerdos, tratar de reconstituir un tejido social destruido a consecuencia de la violencia que genera más violencia.

Consuelo no es lo mismo que olvido, pues recordar, como dice Susan Sontag, “es una acción ética, tiene un valor ético en y por sí mismo. La memoria es, dolorosamente, la única relación que podemos sostener con los muertos…” [17] El olvido, la inmovilidad, el miedo, el desgaste, tal vez sea a lo que le apuestan quienes no miran con buenos ojos a los que se mueven alrededor de esta causa.

Importante también me parece el papel que han jugado en los tiempos recientes las llamadas “redes sociales” que, paradójicamente, han “acercado a los que están lejos y alejado a los que están cerca”, y que han actuado como un vínculo veloz sobre todo entre los más jóvenes, como un vehículo para transmitir información que de otra manera posiblemente no se hubiera difundido y que ha tenido una participación en movilizaciones sociales, tan exitosas que han logrado derrocar dictaduras como las de Egipto o la de Túnez.

El psicoanálisis no puede estar ajeno a lo que ocurre en el entorno social. Los analistas no podemos permanecer indiferente ante el dolor de los otros, pues es precisamente el dolor en sus diversas expresiones lo que lleva a un sujeto a solicitar un análisis. Por el contrario, como psicoanalistas podemos tener una posición frente a los acontecimientos cotidianos que impactan la subjetividad. Una posición que puede ser política, pero sobre todo ética: no desoír este malestar en la cultura que, aunque irresoluble, pueda ser “apalabrado”.

Los movimientos sociales quizá no sean lo que solucione nuestra dificultad en la relación con el otro pero, como decía Freud, son los vínculos de amor lo que mantiene unidas a las masas [18]. Entonces tal vez pueda ser la posibilidad para gestar nuevas formas de relación entre los semejantes y frente al poder del Otro.

Finalmente, podríamos preguntarnos: ¿estamos exentos de ser objeto de esos “daños colaterales”?

Empecé este trabajo con un fragmento del poema de Rosario Castellanos a manera de epígrafe. Termino así, invocando a la poesía:

Memorial de Tlatelolco [19]

La oscuridad engendra la violencia
y la violencia pide oscuridad
para cuajar en crimen.

Por eso el dos de octubre aguardó hasta la noche
para que nadie viera la mano que empuñaba
el arma, sino sólo su efecto de relámpago.
Y a esa luz, breve y lívida, ¿quién? ¿Quién es el que mata?
¿Quiénes los que agonizan, los que mueren?
¿Los que huyen sin zapatos?
¿Los que van a caer al pozo de una cárcel?
¿Los que se pudren en el hospital?
¿Los que se quedan mudos, para siempre, de espanto?

¿Quién? ¿Quiénes? Nadie. Al día siguiente, nadie.

La plaza amaneció barrida; los periódicos
dieron como noticia principal
el estado del tiempo.
Y en la televisión, en la radio, en el cine
no hubo ningún cambio de programa, ningún anuncio intercalado ni un
minuto de silencio en el banquete.
(Pues prosiguió el banquete.)

No busques lo que no hay: huellas, cadáveres,
que todo se le ha dado como ofrenda a una diosa:
a la Devoradora de Excrementos.

No hurgues en los archivos pues nada consta en actas.

Ay, la violencia pide oscuridad
porque la oscuridad engendra el sueño
y podemos dormir soñando que soñamos.

Más he aquí que toco una llaga: es mi memoria.
Duele, luego es verdad. Sangra con sangre.
Y si la llamo mía traiciono a todos.

Recuerdo, recordamos.

Esta es nuestra manera de ayudar que amanezca
sobre tantas conciencias mancilladas,
sobre un texto iracundo, sobre una reja abierta,
sobre el rostro amparado tras la máscara.

Recuerdo, recordemos
hasta que la justicia se siente entre nosotros.

_______________

Referencias:

  1. Castellanos, Rosario, Bella dama sin piedad y otros poemas, México, Fondo de Cultura Económica, 1984, pág. 117. Escritora y poetisa mexicana (1925-1974).
  2. Wikipedia, la enciclopedia libre. [http://es.wikipedia.org/wiki/Da%C3%B1o_colateral]. Fecha de consulta: 6 de junio de 2011.
  3. Ibíd.
  4. Jorge Luis Sierra.  Contralínea 229 / 17 de abril de 2011. [http://contralinea.info/archivo-revista/index.php/2011/04/17/las-bajas-colaterales-en-la-guerra-antinarcoticos/]. Fecha de consulta: 6 de junio de 2011.
  5. Aunque las cifras de los muertos durante el sexenio calderonista no son claras, se estima que entre 60 y 90 mil personas perdieron la vida a causa de la estrategia contra el crimen organizado. Diversos informes señalan que hay cerca de 26 mil personas desaparecidas a causa de la guerra contra el narcotráfico. El Movimiento por la Paz citó cifras de la base de datos de Lantia, que señalan que en los primeros seis meses del sexenio de Peña Nieto se contabilizaron ocho mil 52 muertos, un promedio de 33 por día. La cifra de la administración actual ronda los 6 mil 250 homicidios dolosos. Sin embargo, el semanario Zeta de Tijuana contabilizó 13 mil 775 muertes en los primeros ocho meses de la Presidencia de Enrique Peña Nieto. “En 8 años, la guerra contra las drogas de México acumula más muertos que 10 años de guerra en Vietnam”, Revista digital sin embargo.com, 21 de octubre de 2013 [http://www.sinembargo.mx/21-10-2013/788369].
  6. Roberto Zamarripa (prólogo), en: Turati, Marcela. Fuego cruzado. Las víctimas atrapadas en la guerra del narco. México, Grijalbo, 2011, pág. 14. Por cierto, nadie nos ha dicho cuál deba ser la actitud adecuada en los retenes, para no ser asesinados por miembros del ejército, lo que ha ocurrido ya en múltiples ocasiones.
  7. Ibíd., pág. 57.
  8. “La estadística oficial no incluye a los mutilados de por vida, los desaparecidos, los fallecidos en los hospitales –agonizantes por las torturas o los heridos de bala–, las viudas, los huérfanos o los enfermos mentales traumados por tanta violencia. Los cálculos más modestos estiman que hay 1.4 huérfanos por cada persona muerta, lo que sugiere que la guerra ha dejado sin padres a 32 mil infantes (otra estimación da cuenta de 50 mil). Al menos hay tres lesionados por cada asesinato, lo que equivale a 75 mil heridos. Cuando menos unas 20 mil mujeres quedaron viudas…” En: Ibíd., p. p. 41-42.
  9. Como los de Ciudad Mier, Tamaulipas. [http://reyno-warrior.blogspot.com/]. Fecha de consulta: junio 6 de 2011.
  10. Freud, Sigmund. “El malestar en la cultura”, en Obras Completas, Bs. As., Amorrortu, 1976, Tomo XXI, pág. 108.
  11. Lacan, Jacques. El Seminario 7. La ética del psicoanálisis. México,  Paidós, 2003, 8ª reimp., p. p. 256-257.
  12. Turati Marcela, Op. cit., p. p. 57-58.
  13. Morales, Helí, “El psicoanálisis y los tiempos modernos”. En: Braunstein, Néstor, El tiempo, el psicoanálisis y los tiempos. Coloquios de la Fundación 9. México, Fundación Mexicana de Psicoanálisis, 1993, pág. 248.
  14. Se han sumado, entre otros, familiares de las mujeres asesinadas en ciudad Juárez, los padres de los 49 niños muertos en el incendio de la guardería ABC en Hermosillo, Sonora el 5 de junio de 2009, activistas sociales, etc.
  15. Poema publicado en varios diarios del país, días después del asesinato de su hijo en marzo de 2011. Javier Sicilia es un activista, poeta, ensayista, novelista y periodista mexicano, nacido en 1956.
  16. Participaron más de 250 organizaciones agrupadas en el Movimiento Nacional por la Paz; al pie del Monumento a Juárez, en ciudad Juárez, se firmó el Pacto Ciudadano con acuerdos y acciones de resistencia civil pacífica, según nota de Alberto Torres en: [EL UNIVERSAL.com.mx], 11/06/2011.
  17. Sontag, Susan. Ante el dolor de los demás, Madrid, Suma de Letras, 2004, pág. 132.
  18. Freud, Sigmund. “Psicología de las masas y análisis del yo”. En: Obras Completas, Bs. As., Amorrortu, 1976, Tomo XVIII, pág. 87.
  19. Castellanos, Rosario, Op. cit., p. p. 117-118.

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Bibliografía:

  1. Braunstein, Néstor, El tiempo, el psicoanálisis y los tiempos. Coloquios de la Fundación 9. México, Fundación Mexicana de Psicoanálisis, 1993.
  2. Castellanos, Rosario, Bella dama sin piedad y otros poemas, México, Fondo de Cultura Económica, 1984.
  3. Freud, Sigmund. Obras Completas, Bs. As., Amorrortu, 1976, Tomos XVII y XXI.
  4. Lacan, Jacques. El Seminario 7. La ética del psicoanálisis. México,  Paidós, 2003.
  5. Sontag, Susan. Ante el dolor de los demás, Madrid, Suma de Letras, 2004.
  6. Turati, Marcela. Fuego cruzado. Las víctimas atrapadas en la guerra del narco. México, Grijalbo, 2011.
  7. [http://es.wikipedia.org/wiki/Da%C3%B1o_colateral]
  8. [http://contralinea.info/archivo-revista/index.php/2011/04/17/las-bajas-colaterales-en-la-guerra-antinarcoticos/]
  9. [http://www.sinembargo.mx/21-10-2013/788369]
  10. [http://reyno-warrior.blogspot.com/]
  11. [EL UNIVERSAL.com.mx], 11/06/2011.

Isela Segovia

Isela Segovia

Lic. en psicología. Maestra en Teoría Psicoanalítica (CIEP).Realicé estudios de Maestría en Estudios Latinoamericanos (UNAM). Estudié un Doctorado en Psicología (ELP) y actualmente me encuentro elaborando el trabajo de tesis. Soy docente universitaria desde el año 1992 Fui miembro fundador de la Red Analítica Lacaniana, A. C. hasta su disolución (2000-2013).He participado en varios congresos como ponente, y en cursos y seminarios. Me dedico a la consulta privada desde el año 1995. He publicado diversos artículos en revistas electrónicas e impresas y en dos antologías
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