Los cuentos de hadas al diván. Parte I: Cenicienta

Los cuentos de hadas al diván. Parte I: Cenicienta
“Cinderella”: Walt Disney (1950)

Por Nicolás Cerruti

Los cuentos de hadas al diván

Estos textos que presentaremos en clave de investigación, pero también por la razón del humor, tratarán de dos personajes que llenan los días y las mentes de más de un niño: Cenicienta y Blanca Nieves. Ellas son las protagonistas de las que no se fueron a ningún lado, siempre perduran. Y nos aplicamos a las mismas porque desde ya son parte de los relatos de la infancia, y por lo mismo de aquellos de los mejores que a veces nos marcan, llenando nuestros días de problemáticas psicológicas que tal vez nos ayudan a elaborar. El logro de su literalización está dado por el haber perdurado desde la tradición oral hasta la escritura y el cine en nuestros días. Si bien en la escritura las versiones difieren, porque difieren los escribas (Basile, Perrault, los Hermanos Grimm), y son distintos los destinatarios, y a pesar de que Bruno Bettelheim en su excelente trabajo “Psicoanálisis de los cuentos de hadas” compare versiones y una aporte la verdad velada de la otra, nosotros nos posicionaremos desde dos hipótesis que serán ante todo didácticas. Una podría ser esbozada así: en vez de versiones distintas de un mismo cuento por diferentes autores, tomamos distintos cuentos de un mismo autor pues nos parece que cada uno reluce una verdad que se detuvo en otro. Como varios sueños en una misma noche, donde tal vez el primero se detiene en un conflicto, y luego soñamos otra cosa, pero que es la clara continuación y elaboración del primero, y así, lo mismo pasaría a la hora de comparar Cenicienta con Blanca Nieves, y eso porque solo tomamos a estas dos. Hay una lógica de continuidad entre los relatos de las llamadas “princesas”; intentaremos develar la misma.

La otra hipótesis es más personalista: creemos que, en el caso de este escriba, en el que nos detendremos, su función, su posición, está dada ficticiamente. Como si el que escribiese fuese asimismo un personaje, creemos que en los relatos de princesas de Walt Disney la que escribe es un hada. Muchos podrían pensar que es Walt, pero eso sólo lo aceptamos si se entiende que es Walt revestido como hada, y no siempre como hada madrina. El propio destino de leyenda que le depara al constructor del castillo de fantasía es similar a uno de sus síntomas llevado al extremo: dicen que el cuerpo de Walt es conservado en un frezzer hasta el tiempo en que la ciencia le dé la posibilidad de curar el cáncer que lo aquejara. La bella durmiente, Blanca Nieves, y él esperan… dormidos.

Entonces, como se fue diciendo, nos ocuparemos de Cenicienta y Blanca Nieves en las versiones de Walt Disney, pues son las se han posicionado en nuestra cultura. Pocos, casi nadie, lee hoy el Pentamerone, y cuán necesario sería traerlo de vuelta, adaptado, pues la crueldad expresada en el conjunto de estos relatos se condice con lo que hoy vivimos… los niños necesitan nuevas herramientas.

Podemos ahora pasar al análisis del relato de Cenicienta, les ahorro ver la película.

Cenicienta es princesa, no por ser retenida, no por vivir en una alta torre (como suelen vivir aquellas que esperan ser liberadas), sino por ser bella; no por herencia y nombre, sino por belleza.

La historia cuenta que su belleza es ofensiva. Y hay que darle la razón. Es claro, las hermanastras no solo son malas, son feas, feísimas, y torpes… contra Cenicienta no tienen opción. Es la excusa de la belleza frente a todo. Una historia racista.

Este significante, “bella”, lo encontraremos repetido hasta el hartazgo en otras princesas (el drama de la belleza de Blanca Nieves, la bella durmiente, hasta llegar simplemente a “Bella” como nombre en La Bella y la Bestia). Es como que un flaco hable mal de los gordos, un alto de los bajos, etc. No tienen derecho. Deben soportar su condición sin despreciar al otro. Aunque lo inverso está permitido, es necesario, y hasta humano. Un feo puede y debe despreciar a un bello. Con esto casi no lo ofende pues el bello se haya a resguardo en su belleza. Es lo que hace estúpidas a las modelos, más allá que lo sean o no; no pueden ser bellas e inteligentes, eso sería demasiado, totalmente desubicado, nos daría la idea de que lo tienen todo. Belleza, está bien, Dios se las dió, dinero, es claro, nosotros se lo otorgamos, pero inteligencia, no señor… deben mantenerse estúpidas, por lo menos para nuestra sociedad, y para este tiempo, en sus vidas privadas pueden ser lo inteligentes que quieran.

Una historia racista. Es como una ecuación: si sos fea serás inteligente, si sos bella serás estúpida. Pero en Cenicienta está todo dado vuelta. Las feas son estúpidas. Pensemos un segundo en la madrastra. Ella se casó con el padre de Cenicienta. Cenicienta es una mujer fatal porque la madre lo fue. Y este hombre, el padre de Cenicienta, luego de vivir con ese bombón, ¿me van a convencer que se sintió consolado con la fea y mala que encima tenía dos hijas? No, eso no se puede creer.

Claro está que Walt Disney se basó en el relato de Perrault para forjar esta Cenicienta del siglo XX. Una muchacha insípida, indolora e incolora… demasiado buena, que es el correlato de lo que hoy se conoce en buen criollo como “buenuda”. Algo de esto perdura en el relato de Walt, claramente desdoblada entre ella y su hada madrina. Cenicienta de Walt casi ni le reclama al Hada que le cambie los harapos, el vestido salvajemente fragmentado por las hermanastras, cuando la apuran para que aborde el carruaje. Y sin embargo sin vestido no es Cenicienta.

 

Cenicienta es un cuento racista también en esto. El hada madrina es una experta en moda. Parece olvidadiza y boba pero, ¿acaso no se ve la modernidad enroscada en el pelo de Cenicienta? Emulando a las divas es un peinado que le pasa el lustre a todos los bucles y demás artilugios anticuados de todas las otras. ¿Quién puede competir con ella? Nadie. Cenicienta hace trampa.

Es lo que les pasa a las modelos. No solo son bellas, tienen un séquito alrededor para que desde el pelo hasta la punta de las uñas luscan perfectas. Claro, si tuvieran que fregar y estar arrodilladas como Cenicienta, les quiero ver el cutis. El príncipe no sintió la mano cayosa y dura de la fuerte sirvienta, sino una mano delicada de modelo que en su vida agarró una escoba. Está claro, las escobas son para las brujas.

Como sierva Cenicienta sigue siendo princesa. Esto solo es posible por la intervención de Walt que modificó tanto las cosas que casi de casualidad no logró que se pierda el propio nombre de la princesa. “Cenicienta” tiene ese nombre porque este deriva de las cenizas. El propio nombre se transformó en su contenido, antes era símbolo de pureza (nos cuenta Bettelheim, derivado de las vírgenes vestales de la antigüedad que cuidaban el fuego), para pasar a ser casi lo opuesto, la suciedad. Esto porque sus labores así lo implicaban, no solo ocuparse de la limpieza de la chimenea, de la cocina, etc., sino limpiar. En el cuento de Walt Cenicienta está siempre limpia y radiante, solo se relaciona con las cenizas cuando el gato se dedica a posar sus patitas en la mugre que ella ha recogido, repartiéndola por todo el comedor. En esa pequeña palita se encuentra el motivo del nombre, las cenizas que sobreabundan, que explotan en demasía, que no se sabe cómo llegaron a acumularse tanto, pero que ahora lo decoran todo.

El gato, que es el único que se relaciona con las cenizas, y se jacta de eso, de ensuciarse como un niño, sospechosamente se llama “Lucifer”. Claro que no es casual este nombre de mil demonios, pero su razón se encuentra en que con el advenimiento del cristianismo todo relato fue modificado. Así como antes el cuidado del fuego era algo importante y deseado, ahora es algo denigrante. Va, ahora no, pero eso se heredó en el relato de Walt. La diosa madre, el fuego de goce femenino está casi eliminado, como la propia madre de Cenicienta, pero tenemos al representante de ese cambio, ya ni siquiera el Dios padre sino un gato, con nombre del dios del fuego: Lucifer.

Son los pies del gato los que se ensucian, los que ensucian, no los de Cenicienta. Porque ella es princesa desde sus pies, o mejor, a causa de sus pies. En el antiguo Japón la belleza era entendida como un pie pequeño, el que se conseguía sometiendo a la princesa a unos zapatos de madera que paraban el crecimiento. Pero ¿por qué de cristal? Esto deriva de la versión de Perrault, ya que en francés la palabra vair (que significa piel manchada) y verre (cristal) se pronuncian de manera similar, nos cuenta Bettelheim. Entonces vemos que principalmente de este autor sacó la historia Walt.

Sin embargo, produzcamos conocimiento con el humor: si una mina baila -como bailó Cenicienta- toda la noche en un zapato tan rígido como el cristal, al otro día no se va a poder sostener en pie. Los pies se le deforman de seguro, se le hinchan. Esto lo sabe cualquier mujer que se haya comprado un zapato de estreno, o que esté dispuesta a casarse. Cuando el paje del príncipe va a probárselo, por más que sea el de ella, sus pies están tan inflamados que no se lo podés poner ni con cincel y martillo.

¿Y por qué calza tan bien? Es una metáfora. Es por el calce, el dedo con el anillo, aunque también la extremidad que te “completa”. Es como si dijese: este pene te complementa tu vagina, calza justo. Perfecto. Es una fantasía habitual en hombres histéricos, que se enfrentan a la mujer sin soportar no saber qué quiere. ¿Acaso no notaron que todo se desvanece luego de las doce, menos los zapatos? Y no es porque lo perdió en la escalera, ya que conservó el otro. El zapato es el elemento fetiche (el zapatito) con el que todo encuentro sexual está garantizado para el perverso del príncipe. Es el dispositivo histérico montado para el príncipe. Todos lo entienden, cuando está por ocurrir el beso justo suenan las doce. Todos nos hemos topado con gente así, que calienta la pava.

Es racista porque solo el zapato hace a la posibilidad de ser esposa. Tras la farsa del para todos, de la fiesta para todos, del zapato probado en todos los pies, se esconde la verdad de la una que le calza. Es una mostración asquerosa de discriminación y segregación. El príncipe se tomó el perverso trabajo de ostentar y mostrarles a cada una, una por una, que no eran lo que él buscaba. Todas solteras, él, uno solo. Todas lo codician a él, el único. Por lo menos en otros cuentos los príncipes se toman el trabajo de salir a dar un paseo o hacer un acto heroico. Este príncipe es un vago total. ¿Y me van a hacer creer que se casa con la sirvienta? Sí, porque es un perverso que solo le importan los pies, y la quiere a sus pies.

Jamás Cenicienta se presenta con harapos frente al príncipe, dato fundamental para mostrar que el príncipe la elige más allá de los ornamentos de su belleza. La elige porque es bellísima, solo por eso, que es lo que la hace princesa.

Es un reino montado en el racismo más extremo. Me pregunto cómo va a reinar luego de demostrarles a todos los padres de esas niñas solteras, que lo único que le importa es que le calce el zapato. Los padres, hombres poderosos del reino, ven a sus hijas despreciadas, humilladas, maltratadas, y luego tienen que contentarlas, pero no ya contenerlas. Es imposible. Seguro se rebelan. Es por eso que las hemanastras no tienen padre. Si lo tuvieran se batiría en duelo con el príncipe por la ofensa y chau pichu.

Último análisis, ¿quiénes son los lacayos de Cenicienta? Las ratas. Esa es la visión que se tiene de la servidumbre. Son ratas, y eso se ve bien cuando el hada madrina los convierte en hombres, son cocheros. No se crea que es el príncipe el que discrimina, como hemos visto, por restregarles a todos a esta que será su futura mujer, tampoco por la madrastra hacia Cenicienta, es el cuento mismo, toda la historia la que discrimina, si hasta el hada madrina lo hace. Y aquí tenemos el conflicto en que debemos detenernos y que solo el análisis de otro cuento nos dará su resolución. Esto nos conduce a realizar el análisis de la servidumbre en otro cuento, Blanca Nieves.

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Fuente: Cerruti, N. (2012, Enero 12). Cenicienta. Recuperado desde http://www.elsigma.com/literatura/cenicienta/12349

Nicolás Cerruti

Nicolás Cerruti

Psicólogo U.B.A.

Psicoanalista en el Hospital José T. Borda (ex concurrente)

Supervisor y Formador (articulación teórico-clínica de casos)
Nicolás Cerruti

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